domingo, 25 de agosto de 2013

Hace meses que no escribo. Me he mantenido en un estado de abstracción. Pude pasar con dificultades el escarpado camino en el que yo mismo me interpuse. Hacer, deshacer, ir y volver, tocar el fondo de mi, revolverlo y darle formas variadas y sin afán preciso. Hoy todo parece más claro, lo demás en nada a cambiado: persiste el mismo espíritu curioso, que deambula olvidadizo e imperdible, tratando de entender más de las cosas, de los "por que" de la gente, de mis propios abismos. Trato ahora de expresar algo, de otra forma. He perturbado mi mente, he obligado a mis sentidos a engañarme, tocar, sentir, probar, imaginar, creer, ordenar, llamar, ser. He profanado los rincones más alejados, exponiendo mi débil chispa a las atrocidades más siniestras, los instintos más bajos, descubriendo realidades que por más larga que haya sido la travesía siguen siendo igual de crudas que al principio. Debo liberar mis demonios, debo dejar escapar la mancha, ahora con un nuevo impulso transformador. La podredumbre que arrastran mis enfrentamientos, mis catarsis y génesis continuas, mi lado más salvaje y humano, por fin han encontrado su curso. Yo tengo un camino, yo no he venido solo a observar las miserias del mundo. Pude conocer mi pobreza, las limitaciones contagiosas, los olvidos y las reincidencias. Ahora la maldad ya no me sorprende, las bajezas de los hombres parecen solo una enfermedad pasajera, un juego que termina mal, no puede cuestionarse mucho a la naturaleza que se ha vuelto sobre sí misma cuando una vez apartada de la luz a ciegas intentó abrirse paso. El cuerpo y la carne, las estructuras ilusorias que se configuran como un puente entre el cosmos eterno y la realidad pasajera, neutralidad. Nos aferramos a las pasiones, a los deseos, a los placeres, porque son la forma más simple de "elevarnos", por algunos instantes, para echar un vistazo al horizonte entre el cielo y el infierno.

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