viernes, 7 de noviembre de 2008

A veces, al andar en la urbanidad nocturna me vuelvo a sentir como si nadie supiera que existo, y que solo me acompaña mi sombra ingenua, que me sigue como un perro fiel, esperando que arroje alguna migaja que sacie su propio deseo de ser, de encontrar un lugar para sí más allá de lo que por lógica adaptabilidad parece estar capacitado para cometer, pero no, se conforma con ser sombra, es lo que saben hacer las sombras, para eso se hicieron.
Todos somos seres dobles, y en la noche nuestros otros "yo" salen a relucir, en la noche hay un doble de todo, un nuevo mundo paralelo nace ante la mirada costumbrista de los automovilistas cansados y los transeúntes vagos que no alcanzaron el último autobús.
Sigo caminando, hace un frío delicioso, mis botas rechinan con el asfalto y en los valdíos anexos a la carretera el viento peina las hierbas secas, componiendo una siniestra melodía acorada por los carros que se alejan.
De pronto siento una nostalgia, pequeña, pero lo suficientemente chispeante en mi silencio, que logra arrancarme una lágrima barata y telenovelezca, que complaciente me atrevo a convertir en nna intrépida cascada salada... ya me duelen los pies, pienso, y no, no me duelen, imagino eso porque las botas me aprietan y me enderezan la postura, son como un instrumento de muda tortura que me mantienen en pacto de castidad con mi simiente.
Quisiera poder salir volando de ahí, pero ya es tarde y los sueños se fueron a dormir, es de imaginarse, últimamente están muy solicitados en éstos tiempos de incertidumbre y decreciente esperanza, van a la baja.
Pensando ésto me he aburrido ya a mi mísmo, lo cual no es conveniente porque aun falta camino para llegar a casa... de pronto, hasta mi sombra se ha ido...