lunes, 30 de junio de 2008

Amor, rústico amor. Amor que me suena sencillo, como la ténue luz de la lámpara amarilla, y se esparce como niebla que todo lo enigmatiza, que todo lo marca, a cualquier rincón dónde nuestro deseo nos lleve... y todo lugar se vuelve paraíso, y nuestro amor, rústico amor, tiene de rústico lo que una uva madura de amarga. Nada es terrenal ya, mi universo se reduce a ti, no necesito más para entender la vida.
Pienso en fracciones totales, donde eres el común denominador de mis más preciados momentos.
A veces tras días sin vernos evoco latente varios recuerdos tuyos, esos símbolos espontáneos que hemos vuelto el lenguaje que juega seriamente mostrando nuestros sentimientos más profundos. Nunca vi tanta belleza, tanta grandeza en señales tan diminutas y tan trascendentes al mismo tiempo. Adoro todo de ti, tus ojos brillantes que me gritan en los silencios, y tus labios rojos que me ven con frases ciegas, palabras tiernas y burdas que solo un amor como el tuyo es capaz de pronunciarme. Que fácil he aprendido de ti, tu que nada forzas ni exiges, tu que eres natural y puro como suave corriente de agua marina, convertido en azul tempestad que despierta en la oscuridad.
Amo cuando callas y duermes, en tranquilidad de agua que estanca, y así como en charca cristalina mis dedos rozan la superficie provocando ondas que se esparcen repetidamente hasta chocar con la orilla, y entonces despiertas y sonríes y hierves pero no desapareces, te elevas y llenas los cielos, convirtiéndote en caída, tu blanca piel en la mía, que es como la tierra al amanecer, cubierta de humedad tras la llovizna nocturna.
Y aun en las cosas más comunes de ti, que se han vuelto como la pintura de mi cuarto, veo mi razón reflejada. En tu dulce beso de menta impregnado de sútil tabaco que crees no podré percibir, tus manos pequeñas y manchadas de arte que poderosas y firmes me levantan y me impulsan a seguir por un nuevo camino de color sin fin, y tu corazón, enorme y cálido que amo sobre todo de ti.
Amor... amor!

sábado, 28 de junio de 2008

Visita sabatina

Hola abuela, hola abuelito... cómo están los viejos (?)
Y algo dentro de mi me discute y me disculpa con un "no seas pendejo":
puedo durar hasta un mes sin visitarles y viven a escasas dos cuadras de mi casa.
Como si presentarme fuera casi un insulto hacia sus conciencias y memorias moribundas, más no para sus corazones de maíz y estambre, de lecho frondoso, margaritas y zumo de naranja.
Mis abuelos, mi tata y mi nana, mis primeros padres.
Por lapsus puedo recordar su casa que fue mi casa y todo lo que las cosas han cambiado.

Veo a mi vieja hermosa, con sus ojos tristes y llanos, y sus dos medias lunas grises, su boquita arrugada que sonrié cuando le pido un abrazo estilo "nana consiénteme como si no hubiera crecido nunca y cántame tu tarareo acústicamente arcaico, pero aun más extrañamente bello que el sonido de la trompeta de un ángel". Y Doña Magui aun vive esplendorosa entre los olores de su cocina, en algún lugar de la hornilla haciendo pan casero y tortillas gordas, atole de la gloria y dulce de guayaba atardecer. Camina entre sus flores hoy casi extintas, entre sus pajarillos que hace ya tiempo escaparon y el sol que seca al ritmo del viento que ondula las telas prendidas del tendedero en una magistral danza de blancuras y frescos rocíos. Mi nana, mi dulce nana de colores e hilazas, mi nana de abrazos, mi santa nana del rosario, mi madre de la mañana, la paloma dormida.

Después veo a mi viejo, el señor de los caminos, dorado como el sol de la labranza antigua, con su cabello sedoso y platinado, permanece sentado y sereno, siempre vigilante en la entrada de la casa acompañado de su café con leche y su viejo aparato de radio que sintoniza ayeres que se quedaron detenidos en el tiempo. Mi apá el señor, ése Don Ramón, es el hombre más hombre que conozco, recio como el hierro, terco y testarudamente honorable, me enseñó que la palabra de una persona es poderosa y respetable, y que siempre debe cumplirse sobre cualquier cosa.
El aun vive de la tierra, y todo aquello que siembran sus manos nace y nunca muere, el mismo es un roble aferrado al suelo, al que ninguna tempestad ha sido capaz de hechar a bajo. Mi tata, mi tata el de la pala, mi tata verde e imperecedero, mi papá de las caravanas, el árbol de la vida.

Y poco a poco desaparecen estas imágenes: se va el jardín, enorme y rico, se consume el último leño en el fogón y cae el último durazno, solo vuelan colibríes que llegan y tan rápido como eso se van, y lo dejan solo, solo.

Y yo estoy sentado con ellos, ahora rodeados de modernidad impuesta, té de sobrecitos y televisión abierta. Mis viejos, mis lindos viejos se mesen en un vaivén eterno, acompañándose el uno al otro, hasta el fin de los tiempos.

jueves, 19 de junio de 2008

Ayer salí en el transcurso de esas horas hirvientes, donde el sol vigila desde la atalaya más alta, aguzado, pendiente hasta del más suave deslizamiento sobre el concreto. Salí a resolver asuntos pendientes y cotidianos, de esos monótonos y estúpidos que tienen que ver con filas y muchas, muchas personas. Aún recuerdo como si estuviera ahí, la voz chillante y escandalosa de una recepcionista llamativamente pintada que me pasó con otra persona de un escote abultado y a punto de desbordarse, que no perdió su tiempo en coquetearme agachándose sin motivo para que se le ajustara el pantalón por detrás, la que a su vez me pasó con otra persona, y otra, y otra más... es uno de esos momentos en que te sientes listo para decir: si, quiero morir ahora, estoy listo, he equilibrado mi karma, el infierno existe aquí en la tierra.

En fin, salí de ahí, de la mayor casa de burócratas ineptos y mediocres de la ciudad, para pasar a asuntos más importantes, como el rancio olor a grasa de los puestos de frituras y frutas de la temporada pasada contaminados de heces fecales, por un camino de ardúas pruebas que soportar, como la música norteña, "el duranguense", cumbias de los barrios bajos, señoras gordas con montones de niños detrás suyo, baratijas en venta a granel, moscas y putillas... lo siento, suena muy despectivo y pesimista, pero yo no soy de esos que pueden conformarse con decir "orgullosamente": si, esta es mi tierra, es lo que somos! Sería un insulto hacerlo.

Sigo caminando y por un momento la mancha de personas parece formar un río de deformidad y frustración, cargas y malas caras, estupores y sudores, y decido parar en una esquina y viajar lejos de ahí, mirando como acostumbro el cielo, pero esta vez hasta el hermoso cielo parece negado a continuar y azul se asfixia. Y ya, hecho a la idea de meterme en el río como un amargado más, me hago antes de una botella de agua corriente que decido cambiar por un té helado de un sabor exótico, tanto como los múltiples colores que me rodean en el caos total, entre contaminación visual publicitaria y vestimentas fuera de contexto, asegurando que los modistas, seguidores del feng-shui, diseñadores y publicistas se prenderían fuego y arrojarían al vacío si hubiera un precipio cerca, pero no, lástima, las montañas escarpadas quedan aun muy lejos de la urbanidad. El té me sabe a perfume barato de doña en el camión, aunque aun no me subo a uno, lo espero frente a un puesto de visutería china, de esa que no cuesta mas de tres pesos la pieza, y el camión tarda, y el sol arde como eterna hoguera, y una mujeruca carcajea, con el coro de un infante emberrinchado por un muñeco plástico de acción, la mirada triste de una anciana resignada y su vestido floreado, de un señor testarudo haciendo pleito por la tardanza del camión, el humo tóxico, el cemento gris, todo es un desierto, y las personas somos solo como piedras asoleándose, y, derrepente, entre toda la muchedumbre, aparece insignificante y silenciosa, la mujer, la flaka, la arapienta... un ser cuyo rostro he visto antes en algún parque husmeando entre la basura o en un abarrote comprando shampoo de bolsita. La señora sin nombre, camina, orgullosa a pesar de no ser nadie para alguien (aunque eso no puedo saberlo), y trae entre sus manos una flor de esas sencillas que crecen gratuitamente en los pastos del ayuntamiento, y saborea una paleta de caramelo con sabor artificial, y sonríe, hipnotizada avanza más firmemente que el resto de nosotros hasta desaparecer a la vuelta, dejando el rastro de su arrastrar quedo producido por el "chancleo" de su desgastados taconcillos del calzado que le queda grande.
Quizá nadie se percató de su paso, en fin, el camión llegó y la gente peleaba a muerte por ganar un lugar en su interior... me arde la uretra pienso, necesito el medicamento, pero digo que mi salud puede esperar... solo quiero llegar a casa.